Gente subiendo al Manquehue

El senderismo o trekking no es la excepción a este fenómeno. Por el contrario, en la medida que se trata de un deporte que resulta relativamente accesible para un público diverso (pues no hace falta mucho más que saber caminar), para el cual además contamos con la disponibilidad generosa de infinitos relieves montañosos (y caminables) a lo largo de Chile, entre muchas otras razones, es que hoy la vieja costumbre de recorrer senderos por entornos silvestres ha alcanzado los mayores niveles de popularidad que se han conocido desde tiempos remotos, quizás prehistóricas.

 

Ya sea nos refiramos al senderismo o bien a cualquier otra actividad que responda al glamoroso apellido outdoor, el mencionado auge pareciera ser a todas luces una buena noticia: ¡qué mejor que muchas personas estén optando por buscar el contacto con la naturaleza y por la actividad física en lugar del sedentarismo! En tiempos en que el 90% de la población chilena reside en ciudades, la vida al aire libre pareciera ser una incipiente panacea que a su paso deja una rica estela de externalidades positivas, tanto para el individuo como para el colectivo.

 

Sin embargo, este auge no está exento de problemas. Si nos referimos únicamente a las lógicas del senderismo, se debe tener en consideración algo que puede resultar una obviedad: la práctica del senderismo requiere de senderos, o al menos, de un terreno a través del cual mover los pies sea un ejercicio plausible. Si descontamos aquellas geografías y lugares realmente inhóspitos –que no escasean en Chile–pareciera ser que ante la creciente demanda, los senderos de los alrededores de las ciudades se han vuelto un bien escaso.

 

Esto último es lo que podría pensar un gringo, llamémoslo Doug, si es que su primer acercamiento al senderismo en suelo nacional tuviera lugar en el contexto de una excursión al cerro Manquehue , clásica ruta enclavada en el sector nororiente del valle de Santiago. Es posible que Doug note que este sendero demuestra signos evidentes de deterioro, y en la misma medida, que el terreno por el cual discurre presenta graves signos de erosión. No es descabellado pensar que si acaso el buen Doug decidiera realizar su excursión un día domingo por la mañana, es posible que pueda encontrarse en el sendero con 500, quizás 1000 excursionistas, desperdigados entre la cumbre y los 2,3 km de extensión que tiene esta ruta de punta a cabo. De esta manera, al concluir la excursión de nuestro amigo Doug, éste se llevaría al hemisferio norte la impresión de que las condiciones que presenta el sendero que lo llevó hasta la cima de la montaña Manquehue, en Chile, se ven ampliamente sobrepasadas en su capacidad para recibir y soportar de buena manera los pisotones y bastonazos de los excursionistas.

 

Me he referido al caso del cerro Manquehue. Tengo entendido que el alto nivel de popularidad que esta ruta cuenta entre los santiaguinos se remonta 50 años atrás o quién sabe cuánto tiempo más. En ese tiempo, probablemente el senderismo haya sido una práctica mucho menos extendida, sin embargo, por aquellos años el abanico de excursiones más concurridas por los excursionistas capitalinos no difería mucho de la gama de posibilidades que manejan los excursionistas de hoy en día a la hora de decidir hacia dónde dirigir sus próximos pasos. En esta línea, me parece relevante comentar que estuve hojeando la Guía de excursionismo para la Cordillera de Santiago, de Gastón San Román (1977) y las rutas más destacadas por el autor corresponden a los mismos nombres que suenan hoy: Manquehue, el Pochoco, la quebrada de San Ramón, quebrada de Macul, el Alto del Naranjo.  A modo de experimento estuve hablando con algunos amigos y amigas acerca de las rutas que frecuentan en los alrededores de Santiago. No escuché nombres distintos.

 

En la misma línea de averiguaciones, hice un pequeño ejercicio con la herramienta de búsqueda de la red social Instagram, ya que es bastante frecuente que sus usuarios compartan por este medio fotografías de sus aventuras, etiquetando con un hashtag (#) el lugar visitado. Esto fue lo que arrojó el buscador: #cerromanquehue (5240 referencias); #pochoco (2326 referencias); #quebradademacul (3440); #aguasderamon (2530); #saltodeapoquindo (912). Me parece interesante notar que, por ejemplo, el cerro Carbón, vecino inmediato del Manquehue que además cuenta con mejores accesos y mejor infraestructura que este último, presenta una cantidad considerablemente menor de referencias en esta red social: #cerrocarbon (204).

 

Mi impresión es –y puede que me equivoque– que hoy prácticamente son los mismos lugares que eran frecuentados por los senderistas de antaño los que han debido “absorber” el masivo interés que se ha despertado recientemente en muchas personas por esta actividad. En sintonía con esta idea, estuve mirando algunos números de Andeshandbook y descubrí que sólo dentro del territorio que abarca la Región Metropolitana, a la fecha hay publicadas 33 rutas de senderismo en dicho sitio web (incluyendo algunas cumbres de 2000m o menos) pero que, sin embargo, el 41% de las visitas recibidas por éstas durante el último año se concentra solamente en 5 de estas rutas. Sin pretender extrapolar estas cifras a la realidad, el dato no deja de ser una referencia interesante.

 

A estas alturas del artículo, espero que resulte claro que el problema no radica en que no existan más alternativas apropiadas para la práctica del senderismo. La Cordillera es casi infinita y hay muchos “senderos secretos” que hoy figuran descritos con lujo de detalles en varias guías de excursiones, en mapas, foros y también en páginas web como Andeshandbook. A pesar de eso, es frecuente escuchar la creencia que no hay información sobre lugares dónde ir a caminar o cerros para conocer. Pero el problema no es la inexistencia de información sobre senderos, sino el desconocimiento relativamente generalizado de que en realidad, sí existen varias fuentes de información que ponen a la disposición de a quien le interese una nutrida cantidad de senderos prolijamente documentados.

 

Vuelvo a la imagen del cerro Manquehue, repleto. Tal concentración de caminantes en el tiempo y el espacio llega hasta el punto de que la práctica del senderismo se ha vuelto nociva contra el entorno y contra la experiencia misma de caminar. Por una parte, es razonable que la gente vaya al cerro durante su tiempo de ocio, y bueno, si el tiempo de ocio de todo el mundo es coincidente en los horarios, eso es un problema de solución difícil. No así la concentración de senderistas en un punto geográfico determinado –como el cerro Manquehue –que es una arista del problema que me parece más abordable. El hecho es que, al menos en Santiago, son unos pocos los senderos que pagan el pato mientras que la gran mayoría de las rutas permanece en un estado bastante silvestre pero sobre todo anónimo.

 

Mi impresión es que el trekking sigue creciendo en popularidad de tal manera que se corre el riesgo de depredar los lugares donde se realiza de manera masiva, sin contar con la infraestructura adecuada ni regulación. Mientras las rutas más populares de Santiago no tengan el diseño y la infraestructura que ayude soportar de buena manera la carga de gente, y/o no exista algún tipo de regulación o manejo racional del nivel de uso que les podemos dar, creo que se hace necesario que comencemos a recorrer senderos que no conocemos.