A raíz de estas preguntas es evidente que ya no todos entendemos “desarrollo” de la misma manera; muchos hablan del cambio que se aproxima en la sociedad, de que ya la sociedad no tiene las mismas necesidades y por lo tanto tiene distintas exigencias, pero pocos se hacen cargo de estas transformaciones. Para poder hablar en el código que la sociedad exige, se vuelve indispensable preguntarnos qué entendemos por “desarrollo” y cómo este concepto ha transformado su contenido de hace diez años atrás. Esto nos lleva finalmente a plantearnos: ¿Qué tipo de “desarrollo” queremos para nuestro país y futuras generaciones?


Gracias a la globalización, podemos observar, comparar y criticar la cultura en la que vivimos. Así mismo, podemos preguntarnos si queremos seguir haciendo las cosas tal y como se han hecho hasta ahora. ¿Queremos realmente reproducir ese modus operandi? ¿Deseamos todos el mismo tipo de desarrollo que ha evolucionado desde la Revolución Industrial, aquel que buscaba maximizar el rendimiento de los procesos y que derivó en normalizar el estrés y sacrificar las relaciones humanas con el fin de producir más dinero a costas de la calidad de vida?


En este escenario de incertidumbre propia de una sociedad – y mundo – que cambia a pasos acelerados, donde las antiguas estructuras se relativizan para dar cabida a nuevos paradigmas, hay una certeza: la modernidad ha traído consigo un aumento en la complejidad sin precedentes, y por lo mismo, exige decisiones; el tiempo es escaso y hay una enorme gama de posibilidades a nuestra disposición. No podemos tenerlo todo.


Frente a esto, estamos obligados a elegir un modelo de “desarrollo” que transita entre dos polos tensionados: por un lado, y siguiendo el modelo actual, una tendencia al crecimiento económico como fin último, basado en la competencia y en el éxito; en la ambición de soberanía. Un paradigma orientado al rendimiento y optimización, para generar un producto que pierde su sentido primero; donde el resultado es más importante que el camino recorrido, donde el fin justifica los medios.

 


Por otro lado, y que va tomando cada vez más peso, la recuperación de una corriente colaborativa, comunitaria y sustentable; encausada hacia la responsabilidad de nuestros actos productivos, una sostenibilidad que da coherencia a nuestro quehacer y proyección en equilibrio. Se trata de volver a antiguas cosmovisiones, llamadas al respeto y armonía con la naturaleza. Un paradigma basado en el ser humano como cohabitante de un entorno, no como dueño; una revalorización de las relaciones y producciones a escala humana, sin que la ambición defina y vicie dichas relaciones.


Entonces, ¿qué camino elegimos hacia el “desarrollo”?

 


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