Bajando del Cerro Provincia

El montañismo, excursionismo y todas las actividades al aire libre que nos apasionan son un fenómeno bastante reciente. Antes se subía a las montañas por religión u obligación, porque había que hacerlo por trabajo. En Chile, después de los incas, los únicos que circulaban por las montañas eran arrieros y mineros, después vendrían los exploradores extranjeros, para recién desde la década de los 80 empezar un movimiento imparable que ha colocado el equipo de montaña en los malls y ha hecho de la vida outdoor algo mucho más taquillero que ir a una discotheque, para horror de los nerds antisociales como yo.


Chile es un país al que le ha ido bien, entremedio de los gritos por todo lo que nos parece legitimamente mal, se nos olvida que nuestros indicadores de educación son los mejores de America Latina, que todos los días llegan inmigrantes que quieren vivir acá, que nuestros vecinos nos ponen de ejemplo y objetivo a superar, y que de rebote, casi sin darnos cuenta, el equipo de montaña usado y hediondo que compraba mi generación donde la Lucy en la trastienda de la Federación de Andinismo (Feach), con un poco de trabajo y/o persuasión con los viejos (si tienen la plata), hoy se compra nuevo.


Esa mejora en los niveles de vida se ha basado en un modelo que pocos defienden y que la mayoría siente ajeno. Habría que estar completamente orate para defender en la muy pluralista página facebook de la Feach, el beneficio de la minería o la generación hidroeléctrica, yo lo he hecho, no es una experiencia para los débiles de corazón. Sin embargo, como estamos aprendiendo con el cobre cada vez más bajo y el consecuente encarecimiento de todo lo importado (¿se ha comprado una cuerda últimamente?), no podemos desentendernos de la minería y de la actividad económica en la montaña, no mientras pretendamos vivir como ingeniero de software de Silicon Valley mientras producimos, pér capita, menos de lo que genera el inmigrante que limpia piscinas en California.

 

En más de una ocasión he leído comentarios de quienes sueñan con que se acabe la minería en Chile y con ello sus efectos destructores en el entorno. ¡Que buena noticia! pensarán muchos. ¿Veamos que significaría eso? Partamos por lo obvio, todos los empleados directos, los subcontratistas y la señora del quiosco de hotdogs en la carretera, que les vende comida rápida, se quedan sin pega. Pero también el "lucrador" con la educación del colegio particular pagado o subvencionado de los hijos y en general todos los que les vendan servicios (médicos, arquitectos, sicólogos, señoritas “por prestación”, el dueño de las cabañas en la playa, etcétera) ¿y a Ud. que le importa? Bueno, pasa que subirá el tipo de cambio ¡genial soy agricultor y exporto! Sí, pero no todos, la mayoría veremos que suben un 10%, 20% o más los precios de las cosas importadas que consumimos (whisky, si, a veces, pero también insumos médicos, petróleo, equipo de montaña, etc.). Con menos ingresos, el Estado tendrá que achicarse o endeudarse en forma insostenible (piense en Venezuela o Brasil para hacerse una idea), empleados fiscales en la calle, menos sueldo para profesores o educación gratis y de calidad para todos. Menos sismógrafos para volcanes o terremotos, entre otros. A poca gente le gusta la minería, menos cerca de su casa, pero la verdad simple es que la necesitamos para generar los ingresos de los que depende una parte significativa de nuestro estilo de vida actual y, en segundo lugar, es la posibilidad que tenemos de educar a las nuevas generaciones que podrián crear las nuevas empresas que, más basadas en el conocimiento, podrían permitirnos superar la explotación destructora de recursos naturales.


Por otra parte, gracias a intervenciones del gobierno en el mercado de la electricidad y la baja del precio de los combustibles, la energía eléctrica está más barata y pareciera ser que el fantasma de las hidroeléctricas en nuestras zonas de diversión favoritas se aleja exhorcisado por hermosos generadores eólicos y hectáreas de paneles solareas en el patio de los otros. Desgraciadamente, para esas ilusiones necesitamos más energía y más barata y no crea que es para las minas de los Luksic en el Norte, la necesitamos para que los jóvenes nini (ni trabajan ni estudian) puedan tener empleos en empresas productivas (pagan más y más establemente que freír hamburguesas), de otra manera, esa periferia que con suerte visitamos cuando nos baja la “onda Techo”, seguirá llenándose de narcotraficantes por falta de oportunidades por la desaparición de la industria.


Puestas las cosas en perspectiva económica, también deberíamos reconocer que una buena parte de los caminos de penetración en la cordillera que usamos todos los fines de semana, los construyen las empresas (mineras, generadoras de electricidad).


No despierta la misma indignación ciudadana el deterioro del entorno que significa su uso descontrolado, aún cuando sus efectos sean más visibles y a veces tan irreversibles como un derrame de relave de una minera. Para el que no me crea le invito a recordar el incendio en Torres del Paine o pasar un fin de semana en una zona cercana a la ciudad de Los Andes que se llama Campos de Ahumada y luego darse una vuelta por el fundo San Francisco de Los Andes que está al lado. El contraste entre un campo privado, el segundo, con acceso limitado y los terrenos de uso libre del primero no puede ser más dramático. Deforestación, basura y erosión sólo por mencionar los titulares. Otro caso para el punto, el incendio de un bosque de alerces único que hace unas semana partió de una fogata mal apagada en la zona de pícnic libre. O por mencionar una discusión reciente en este foro, el acceso al Manquehue, nadie quiere autos parados frente a su puerta cuando tiene que salir apurado.

 


El punto general es que esa romántica visión del acceso libre a las montañas es una utopía o una patudez si uno espera que los costos los asuma otro. Todas las actividades humanas generan impacto o daños, contaminación, accidentados, basura, impacto ambiental, erosión, puede cambiar el tamaño de la huella si uno es un jeepero-parrandero campeón para el asado y la chela o si es un hipster escalador pachamámico, el "no deje rastro" tiene un límite: el segundo principio de la termodinámica.


La rebeldía contra el sistema le sienta muy bien a mi hija de quince años... la pobre me tiene de papá, pero seamos serios, en ese punto intermedio entre el cincuentón pagador de impuestos y mi hija adolescente se encuentra Ud. enojado contra todo lo que hay de injusto y malo en el mundo, tentado de iniciar una campaña "saltémosnos la cerca" (googlee "freedom to roam") y por otro lado, cada vez más consciente que las cosas son más complejas que una pataleta o lanzarla con ventilador en un foro de montañistas, así se insulte a viejos amigos.


Recapitulando: Cada vez más gente sube cerros no sólo “porque están ahí”, si no porque tenemos los recursos para hacerlo. Las empresas y los dueños del territorio seguirán existiendo, de hecho cada uno de nosotros trabaja en una empresa y es dueño de algo. Son legítimas las preocupaciones de dueños y administradores porque nuestro impacto nunca es cero, somos parte de una sociedad y a medida que nos hacemos más viejos y maduros debemos actuar con responsabilidad.


En este punto es cuando quiero ofrecer una propuesta: por supuesto que hay que presionar a autoridades y burocratas cómodos, nadie cambia por sí mismo, pero creo que deberíamos tener claro que es lo que podemos ofrecer despues de la revolución. Mi propuesta es exigir el derecho de paso por todos los medios que sean legítimos y proporcionales, pero tambien hacernos cargo de preocupaciones de dueños y autoridades (y familiares de pasada). Mediante herramientas como Andeshandbook crear un registro de salidas que informe y pida las autorizaciones correspondientes, a dueños, autoridades y familiares. Una herramienta así puede tener costos muy bajos, así controlamos la carga ambiental, creamos un mecanismo responsable de control y en un último término, en vez de saltarnos la cerca, abrimos la puerta.

 

 

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