Árboles nativos talados en sector del Manzano.

Hoy, sin embargo, percibo que cada día que pasa la gente valora más los beneficios del deporte y del estar en contacto con la naturaleza. Este fenómeno, extendido a nivel mundial, ha tenido como resultado la popularización de deportes reservados para aquellos que eran considerados locos y también ha promovido el surgimiento de nuevas disciplinas y actividades al aire libre.

 

Mi análisis al respecto, a nivel nacional, tiene dos aspectos. El primero es positivo y tiene que ver con que cada día hay más personas que experimentan y valoran los beneficios que el deporte brinda a quienes lo practican, así como también los beneficios que provee el contacto con la naturaleza a la salud mental y espiritual de las personas.


El segundo no es tan bueno y tiene que ver con el medio ambiente y los ecosistemas donde practicamos los deportes que tanto nos gustan. El problema más común es que hoy resulta muy común salir al cerro y encontrarse con papeles con residuos fecales, restos de comida, envoltorios o cualquier otro tipo de desechos humanos, situación que ocurre hasta en los lugares más remotos e inhóspitos. También aparecen problemas difíciles de percibir a simple vista, como la apertura de nuevos senderos (atajos o caminos alternativos), pérdida de suelo, alteración de la vegetación y cambios en la conducta de la fauna local, por nombrar algunos.

 

¿Cuál es la solución a esta encrucijada entre deporte y naturaleza?


 

En esta materia no hay recetas, pero hay algunas consideraciones que pueden ayudar disminuir el impacto humano en la naturaleza. La primera es planificar nuestras salidas para que no nos falte nada y así no tengamos que extraer recursos del lugar que visitamos. Lo segundo, es informarnos sobre el lugar que visitaremos y el contexto en el que estaremos inmersos, investigando la ruta que se realizará, el equipo necesario para esto, la flora y fauna del lugar que se visitará y cómo debemos actuar para no alterar su comportamiento natural. En tercer lugar, debemos ser responsables y conscientes de nuestros actos, lo que significa tomar un rol activo. Esto involucra llevarnos todos nuestros deshechos y tratar de no dejar rastros, lo que en muchos casos implica no hacer fogatas, elegir momentos de poca concurrencia o períodos en que no interfiramos con el comportamiento natural de la fauna local (como el anidamiento de aves por ejemplo). Por último, debemos aceptar y exigir normas y equipamiento que se ajusten a la realidad local y necesidades de las circunstancias, que regulen y permitan un desarrollo armónico de los deportes y los ecosistemas donde éstos se practican.


En resumen, lo más importante es tener un cambio de actitud, que parte con hacernos más conscientes de nuestra actividad y que continua con tomar un rol activo al respecto. El poder de cuidar lo que nos apasiona está en nuestras manos.

 

 

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