Una pregunta que me hacía desde pequeño y que, de cierta forma, me motivó a estudiar geología y hacerla parte de mi vida, era como era posible encontrar fósiles marinos en sitios tan alejados del mar, como lo es la Cordillera de los Andes. Esta misma pregunta, se la hizo muchos siglos antes, el gran Aristóteles, obviamente observando su propio entorno en la Antigua Grecia, argumentando que la presencia de fósiles marinos en las rocas se debía a una “curiosidad de la naturaleza”. 

Por su parte, el erudito italiano Leonardo Da Vinci quiso explicar de otra manera la existencia de estos fósiles, planteando que su existencia se debía a ingresiones, periódicas, del mar hacia el continente. 

Este fenómeno ha motivado a diversos autores, entre ellos, los geólogos O. Gonzalez, Lajos Biró, y más recientemente, Christian Salazar, a realizarse la siguiente pregunta ¿Qué nos indica la presencia de fósiles en zonas tan alejadas del mar? Sus ansias de conocimiento no han quedado ahí, preguntándose también de acuerdo a los fósiles que se han encontrado, ¿Cómo fue esta zona cuando estos organismos poblaban la Tierra? ó ¿Qué nos indica la presencia de un fósil determinado? 

De esta forma, los geólogos nos hemos visto obligados a dejar las comodidades del hogar, para explorar y estudiar tales fósiles, así como las rocas en que éstos se encuentran, con el fin de buscar las respuestas a nuestras interrogantes.

 Fósil en el valle del Arenas, en el sector de la laguna de Rubillas, diedro del Mai. Juan Cristóbal Hurtado

 

 

Así, inicialmente O.González en el año 1963, recorrió el Cajón del Maipo observando las rocas bajo una visión geológica, encontrando, específicamente en el sector de la Quebrada Lo Valdés, rocas sedimentarias con abundantes fósiles marinos, pertenecientes a la Formación Lo Valdés (nombre técnico que se utiliza para agrupar ciertas rocas según diversos criterios geológicos optimizando el entendimiento general dentro de la comunidad científica). 

Este tipo de roca (roca sedimentaria), es formada por la acumulación de sedimentos provenientes de la erosión y transporte de rocas preexistentes, por la acumulación de restos orgánicos, o bien, por la precipitación de diferentes sustancias, como carbonato o sulfato, que se encuentran suspendidas en el agua. Si bien, el origen de las rocas sedimentarias puede ser tanto continental como marino, la presencia de fósiles marinos nos sugiere pensar que los sedimentos que originaron estas rocas se depositaron bajo una capa de agua, limitándonos a la génesis marina.

Por otro lado, dentro de los fósiles encontrados por científicos que dedican su tiempo a estudiar esta materia, se tienen mayoritariamente, amonites, los cuales son moluscos ancestros de los actuales pulpos, fragmentos de ostras, equinodermos o también llamados “erizos de mar”, esponjas marinas, gusanos de mar, corales, entre muchos otros organismos marinos. 

Ahora bien, el estudio de estos fósiles no sólo nos sugieren un determinado ambiente del pasado, como se mostrará más adelante, sino también nos indican una edad determinada, que en base a estudios paleontológicos recientes llevados a cabo por el Dr. Christian Salazar, se acota a un rango de 152 a 129 millones de años atrás. Es decir, los sedimentos que formaron estas rocas se depositaron entre el fin del período Jurásico y mediados del período Cretácico, justamente cuando los dinosaurios dominaban la Tierra.

Gracias al avance de la tecnología, se han llevado a cabo análisis más detallados de estas rocas, pudiendo determinar casi sin rango de error, la composición de ellas. De esta forma, se tiene certeza hoy en día que las rocas encontradas en la zona estudiada, son rocas netamente marinas con un alto porcentaje de carbonato, pudiéndose observar variaciones en el tamaño de grano a medida que se observan rocas más jóvenes, pertenecientes a la formación estudiada.

Haciendo un paralelo con la dinámica de los océanos actuales, podemos darnos cuenta que la variación del tamaño de grano en las rocas, va de la mano con la variación de la profunidad del mar. Por ejemplo, si se toman muestras de sedimento a grandes profundidades, nos daremos cuenta que el tamaño de grano es mucho más pequeño que si muestreáramos sedimento a 5 m de profundidad. Esto mismo, queda plasmado en las rocas, pudiendo observar variaciones del tamaño de grano a medida que observamos rocas más jóvenes, adjudicando este hecho a variaciones del nivel del mar durante el período de 152 a 129 millones de años.

Junto con esto, el hecho de que las rocas presenten altos niveles de carbonato nos ayuda a dilucidar qué tipo de mar teníamos en el pasado. Con el mismo proceder anterior, si observamos la dinámica actual del planeta, podemos darnos cuenta que las condiciones actuales para la formación de carbonato es muy restringida, limitándose a mares cálidos de poca profundidad en latitudes subtropicales a tropicales, en los cuales la diversidad y abundancia de organismos es notable, ya que a la larga, estos organismos, o también la destrucción de ellos, son la fuente principal de carbonato. Si lleváramos esta idea al presente, sería más o menos lo que ocurre en las costas de Bahamas o de Golfo Pérsico, donde la biodiversidad marina es inmensa, teniéndose arrecifes coralinos, cangrejos, peces, moluscos entre muchos otros organismos, junto con la depositación continua de carbonatos.

La extensión de este mar, es algo que los cientificos también han dedicado de su tiempo a entender, existiendo un acuerdo generalizado en que durante este período de tiempo, aquella franja longitudinal en donde hoy se encuentra la Quebrada lo Valdés, se encontraba bajo el mar desde el Norte de Chile hasta el Sur de nuestro país, más o menos hasta donde hoy se encuentra ubicada la localidad de Neuquén en el territorio argentino. Este hecho, es validado por el hallazgo de rocas con similares características y de la misma edad, en las cercanías de los lugares anteriormente mencionados.

Ahora bien, la extensión lateral de esta ingresión marina sobrepasa los límites de Chile hacia el Este, llegando hasta provincias como Mendoza y hacia el Oeste se ve restringido por una arco de islas volcánicas situada en algún lugar entre la Cordillera de la Costa y el arco volcánico actual, posiblemente, en lo que es hoy Santiago. Este hecho, también es comprobable mediante la presencia de rocas volcánicas, de edad similar a los sedimentos depositados en el fondo marino, sugiriendo la depositación conjunta de ambos por lo que es imperante la presencia de una cadena volcánica en las cercanías de este mar. Lo anterior, se evidencia en las cercanías de la ciudad de Copiapó, pero a grandes rasgos es totalmente correlacionable con lo que se tenía en el Cajón del Maipo en aquel entonces.

En definitiva, la presencia de rocas sedimentarias marinas en el área de la Quebrada Lo Valdés, nos indica la presencia de un mar, somero, debido al tipo de biodiversidad encontrada y a las características de las rocas analizadas, restringido lateralmente por un arco de islas volcánicas.

Ahora bien, tal como nuestro entendimiento nos permite dilucidar lo que se tenía hace millones de años en lo que hoy es la Cordillera de los Andes, nos quedan varias interrogantes dando vuelta en nuestra cabeza. Algunas de ellas, sería por ejemplo, ¿Cómo estas rocas marinas alcanzaron alturas tan altas como 3.600 metros sobre el nivel del mar?, o bien, ¿Qué sucedió con aquel ecosistema en el que vivían millones de organismos? O tal vez, conociendo esta nueva información y al darnos cuenta que la Tierra es un ser dinámico, nos preguntamos ¿Qué se tenía antes de este mar somero?

Nuestro ímpetu de cuestionarnos todo jamás se acabará, así como tampoco lo harán las ganas de trabajar para darles respuesta.

 

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