Proyecto Alto Maipo

La oposición a este proyecto es de dos tipos. El más radical, es que Chile no necesita más generación eléctrica, que podemos sobrellevar el crecimiento del engranaje productivo siendo más eficientes en el uso de lo que ya tenemos. El segundo, y el más común, es que, aún reconociendo que necesitamos más energía, Alto Maipo es un mal proyecto y debe ser descartado en favor de otros de menor impacto.

Respecto a lo primero: en Chile, el consumo eléctrico per cápita es de 3,9 MWh anuales. Supongamos por un momento que el nivel de éxito de los países se resume en su Índice de Desarrollo Humano (IDH). El IDH, uno de cuyos artífices es el Premio Nobel indio Amartya Sen, engloba salud, educación e ingresos en un solo indicador. La realidad es evidentemente más compleja que eso, pero al menos ilumina la discusión.

La siguiente lista muestra los diez primeros países de ese ranking. A la derecha, se indica su consumo de electricidad per cápita en MWh anuales: 

1. Noruega: 23,2
2. Australia: 10,1
3. Suiza: 7,8
4. Dinamarca: 6,0
5. Países Bajos: 6,8
6. Alemania: 7,0
7. Irlanda: 5,7
8. Estados Unidos: 13,0
9. Canadá: 15,5
10. Nueva Zelanda: 9,1

Irlanda es el país más frugal del top ten, pero aun así consume un 48% más que Chile, y su economía basada en servicios no debe hacer frente a actividades productivas intensivas en el uso de energía, como la minería del cobre o la producción de celulosa. Lo que es más, la población de Irlanda está en esencia estancada, mientras que a nuestra larga faja de tierra le espera una expansión demográfica por un buen rato más.

Si nadie ha clasificado al sitial de privilegio del IDH con menos de 5,7 MWh anuales, proponernos detener nuestro crecimiento en ese piso que ya es extraordinariamente optimista, más tomando en consideración nuestra matriz productiva intensiva en recursos naturales. E incluso, esa meta equivaldría a 12,3 nuevas centrales Alto Maipo si la población se estancara hoy.

Podría argumentarse que el IDH es solo un medio para ser felices, y que mejor sería medir la felicidad directamente, a la butanesa. Pese al océano de dudas metodológicas que algo de esta naturaleza despierta, entre los varios organismos que publican reportes sobre la materia, está Naciones Unidas. En el listado de 2016, nada menos que siete de los países del top ten pertenecen a la cúspide del IDH ya citada, una correlación asombrosa. Los otros tres son Islandia, Finlandia y Suecia, con consumos eléctricos per cápita de 54,8 (el más alto del mundo), 15,5 y 13,9 MWh/año respectivamente. (Bután, pese a lo publicitado de su Felicidad Interna Bruta, está apenas en la posición 84° del ranking de 157 países).

Soy un denodado defensor de los negawatts, y no tengo dudas de que en Chile hay mucha grasa que cortar. Tanto así, que durante mi periodo como asesor legislativo, uno de los dos proyectos de ley que propuse y cuya presentación fue aceptada era acerca de estándares mínimos de eficiencia energética (el otro, por cierto, aquel que exige el libre acceso a las montañas). Pero aspirar a una proeza que nadie ha estado cerca siquiera de lograr es confundir optimismo tecnológico con ensoñaciones voluntaristas.

Si estamos de acuerdo en que necesitamos más energía, la pregunta entonces es cómo generarla. Desde luego, no existen aún tecnologías de impacto cero. Al menos, no hasta que hayamos dominado la fusión nuclear. Pero ya se sabe, cualquiera sea la época en que se haga la pregunta, la fusión está siempre “30 años en el futuro”. La pregunta relevante no es si Alto Maipo ocasiona impactos ambientales o no. Por supuesto que la respuesta es un rotundo sí. La cuestión es si acaso dichos impactos son mayores o menores que las alternativas disponibles.

Las críticas se centran en sus repercusiones, en el régimen hídrico y en los daños al paisaje, incluyendo en esta segunda categoría a las líneas de transmisión.

Alto Maipo

 

Lo primero ha levantado más polvareda. Cierto porcentaje del agua será desviada de sus cursos naturales a lo largo de decenas de kilómetros. ¿Cuánto exactamente? Varía para cada curso de agua y para cada punto dentro de los mismos. En el caso del río Maipo, la disminución de los caudales medios anuales para un año hidrológico normal son las siguientes: 

En El Volcán: 8,1%
En San Alfonso: 15,5%
En El Manzano: 29,5%

En años secos, por supuesto, el porcentaje de disminución será mayor, y el impacto de Alto Maipo, por tanto, mayor también. Esto ha sido esgrimido por parte de la oposición. Sin embargo, dado que lo inverso ocurre en años lluviosos, la comparación más justa es la de años normales. También se ha dicho que se utilizó información hidrológica obsoleta, y que los caudales serán menores en el futuro. En realidad, AES Gener estima que, al menos durante un par de décadas, los caudales aumentarán como consecuencia del triste derretimiento de glaciares que trae consigo el cambio climático.

¿Cómo ponderar la gravedad de estas cifras? Imposible consensuar una respuesta.

Antes de adoptar una postura, considere lo siguiente para el caso de El Manzano. Ese 29,5% se da en un tramo de unos pocos kilómetros entre la desembocadura del río Colorado y el nuevo punto de entrega. En el fondo, es como si Alto Maipo desplazara el aporte del Colorado al Maipo un poco más abajo del lugar actual, algo que bien pudo haber ocurrido por caprichos tectónicos hace millones de años sin que a nadie le pareciera que el valor ecosistémico del Cajón está en entredicho. La mayor parte del rafting toma lugar arriba de la desembocadura del Colorado, y funciona perfectamente antes de que sus aguas hagan su aporte al Maipo.

Personalmente, considero que esas cifras –el 8,1% ni siquiera es detectable a simple vista para un visitante ocasional- son, aunque no despreciables, incomparablemente menos gravosas que las emisiones de cualquier central termoeléctrica equivalente.

¿Renovables y nucleares entonces? Para responder a eso, pasemos a la segunda categoría de preocupaciones: los efectos en el paisaje.

Por tratarse de un proyecto casi íntegramente subterráneo y sin embalse, Alto Maipo perturba nuestro goce escénico a través de sus líneas de transmisión y de sus obras de captación y entrega.

En cuanto a las líneas de transmisión, ocurre que las casas de máquinas se ubican inusualmente cercanas a ese gran devorador de watts que es Santiago (si ha oído que el destino serán las propiedades mineras del clan Luksic en el lejano norte, entérese que la realidad física es que los electrones no obedecen de este tipo de disquisiciones empresariales y solo saben elegir el camino más corto). Para producir la friolera de 2.465 GWh al año, se deben construir apenas 17 kilómetros de línea, o 145 GWh-año/kilómetro, un nivel de eficiencia con la que muy pocas centrales renovables –Rapel, Colbún, Ralco- pueden siquiera competir. Solo como referencia, en el caso Hidroaysén (un proyecto al que sí me opongo) la cifra sería de míseros 9,6 GWh-año/kilómetro.

Y en lo referido a las obras de captación y entrega: sí, personalmente me duele ver un camino vehicular en el Valle de La Engorda. Lo mismo las faenas en el Valle del Arenas, un pedazo de Andes que visito más que a la mayoría de mis familiares. Pero, con la mano en el corazón, esos lunares en el paisaje -ok, lo reconozco, lunares peludos en el paisaje- son ínfimos para el nivel de energía que se generará a cambio de ellos. Por ejemplo, para conseguir esos 2.465 GWh anuales se necesitarían 702 aerogeneradores como los de Canela II, o bien un parque solar de 3.500 hectáreas si éste se construyese en la Región Metropolitana. Cierto, las centrales solares se ubican en zonas de menor valor paisajístico, pero 3.500 hectáreas es 5,4 veces el área del Embalse El Yeso. Ese hipotético monstruo fotovoltaico sería visible desde la Estación Espacial Internacional.

Desde el punto de vista estrictamente ambiental, la opción nuclear enfriada con agua de mar es la mejor de todas. No libera gases de efecto de invernadero -salvo por procesos anexos como la minería del uranio-, su impacto en el paisaje es casi nulo y los desechos ocupan tan poco espacio que no son un problema real. Si toda la demanda chilena fuera satisfecha con energía nuclear, produciríamos anualmente un cubo de desechos de alta radioactividad de 2,6 metros de lado. En Países Bajos, esto se resuelve con una hermosa bodega del tamaño de un gimnasio pintada por fuera con vivos colores y las ecuaciones de Einstein, sin que a nadie en el vecindario le importe un carajo. Pero, sin considerar los costos involucrados, para un país que ni siquiera cuenta con regulación sobre la materia, los plazos para cortar cinta son tan largos que igual tendríamos que responder a la pregunta de qué hacemos hasta entonces.

Las centrales de gran tamaño son blanco de críticas porque sus repercusiones son mayores, pero la métrica relevante no es el impacto total: es el impacto por unidad de energía. Nadie critica Alto Baguales, esa amigable central eólica en las afueras de Coyhaique cuyas aspas resultan hasta fotogénicas con los fardos de forraje de fondo, pero se olvida que para equiparar la energía que proveería Hidroaysén se requerirían once mil de esos aerogeneradores. Sí, leyó bien: once mil. Con un distanciamiento normal de 50 metros, una central de esa naturaleza podría formar una línea ininterrumpida de aerogeneradores entre Coyhaique y Villa O’Higgins, con sus consiguientes líneas de transmisión. Ese sí que es impacto visual.

Desde luego, preferiría no intervenir ningún río. Preferiría que aprendiéramos a extraer cobre sin uso de electricidad, o que la fusión nuclear ya estuviese aquí. Pero mientras ello no ocurra, es difícil pensar en proyectos de menos impacto por unidad de energía generada que Alto Maipo.

 

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