A veces no está claro cual de los nombres dados a una montaña es el más antiguo, por eso no se sabe cual debería prevalecer. Volcán Cazadero, Walter Penck, Nevado Gonzalez o Tipas. Argentina, Catamarca, Tinogasta, una de las diez montañas más altas de Amé

Las cartas oficiales de Chile, parcas en toponimia, han motivado la puesta en marcha del Proyecto Nomenclatura que tiene por objeto “complementar, mejorar y documentar la nomenclatura de cumbres de los Andes centrales en base al mapa IGM Chile escala 1:50.000”.

 El emprendimiento se ha apoyado en “un grupo de andinistas con experiencia en los Andes centrales encabezados por Ulrich Lorber” y descartando la intención de “nombrar, por cuenta propia, cerros que no tengan nombre” ha permitido identificar varios centenares de cumbres no sólo en territorio chileno sino también fronterizas por lo que se han superado también las limitaciones de las cartas topográficas del Instituto Geográfico Nacional (ex I.G.M.) de Argentina.

Podría preguntarse el lector cuál es la razón de investigar y rescatar las denominaciones de las montañas, por qué habría de darse un nombre a esa formación geológica inerte que sobresaliendo del paisaje tenemos por una montaña (la pregunta comprende arroyos, portezuelos, valles, etc.).

 

Dejado de lado que las descripciones se facilitan acoplando un nombre a los accidentes del terreno (portezuelo Navarro, volcán Ojos del Salado, estero Monos de Agua, laguna Verde, nevado de Cachi, etc.) hay otras cuestiones a tener en cuenta.

 

Si estamos de acuerdo que nuestras montañas son algo más que un océano de picos innominados sin relación con los seres humanos, será necesario rescatar una parte de la historia. Casi todos los andinistas están interesados en saber quiénes los precedieron, por dónde subieron, por qué dieron tal nombre a una cumbre.

 

 Una situación toponímica habitual, varias denominaciones para la misma monaña: Pucaraju, Nevado Santa Cruz, o Pico de Huaylas. Perú, Cordillera Blanca, 6.259 m.

 

En definitiva, fuera de los aspectos prácticos, es probable que toda la cuestión esté involucrada en el concepto de “identidad cultural”, saber llamar a nuestros lugares, a nuestra geografía, valles y cimas.

 

Aclarado que es conveniente saber el nombre de una montaña y que corresponde darlo cuando no lo tiene (el PN considera que en esa situación se encuentra aproximadamente la cuarta parte de las cimas de nuestra región) analizaremos brevemente lo relativo a la forma de bautizar.

 

En la soledad de una cima el primer ascensionista puede considerar que tiene absoluta libertad para elegir; sin embargo debe pensar que el nombre de un accidente geográfico lo trascenderá, que apenas deja la cumbre la historia personal empieza a desdibujarse en los tiempos. ¿Damos a un hijo el primer nombre que se nos ocurre?

Quienes han dedicado décadas a meditar sobre diferentes aspectos de las montañas proponen respetar ciertas normas receptadas por reglamentos “uniformes y claros” de las naciones andinas.

 

El andinista y escritor argentino José Herminio Hernández aclara que, por tradición montañera, sólo tiene derecho a dar nombre quien haya llegado a la cima. Louis Lliboutry (Nieves y Glaciares de Chile), niega el derecho a bautizar accidentes geográficos a quienes no han ido al terreno (citando un patético ejemplo de quien a 2000 km de distancia pretendió imponer su propio nombre a un glaciar). Lliboutry además deja en claro que no debe darse nombre a lo que ya lo tiene y debe bautizarse con “prudencia”.

 

En ese sentido, el escalador e historiador Jorge González, explica que “debemos pensar un poco, no apresurarnos a satisfacer sólo nuestro ego, tener en mente algo más que nuestro protagonismo y sobre todo recordar que estamos de paso ante esa circunstancia pero muy probablemente, otros ojos hayan podido contemplar antes que nosotros esa montaña y simplemente se hayan extasiado sin necesidad de querer pasar a la posteridad por ser los primeros”.

 

Más específico resulta el Dr. Evelio Echevarría que considera recomendable elegir nombres descriptivos de la misma montaña, pero sólo en castellano (excepto en territorios indígenas). También los nombres “que guarden relación emotiva o propia de un país o región por apelar a sentimientos o emociones locales”. En cuanto a nombres propios sólo se podrían usar los de personas si han fallecido y han rendido señalados servicios a la geografía y la exploración y “quizás” también “los nombres de ciertos héroes patrios”.

 

Considera “aceptables” nombres relacionados a lugares o parajes cercanos. Intentando superar el problema de denominaciones repetidas considera “necesario agregar la partícula “DE” y el nombre del paraje, macizo, región, valle y relieve notable más próximo para distinguirlo de otros similares”. Luego detalla una serie de razones y situaciones que, pasando por respetar el buen gusto y no ofender la estética, considera inaceptables y que atribuye en general a ofensas al buen gusto y la estética así como enfatiza que debe evitarse a toda costa la invasión toponímica que suelen pretender algunas expediciones extranjeras.

 

De tal modo, ya que el nombre de un accidente geográfico trasciende a quienes lo dan, los estudiosos sugieren respetar algunas pautas:

No se debe dar nombre a lo que ya lo tiene ni tampoco cambiar un nombre (aunque seamos los primeros ascensionistas), excepto que sea uno repetido, caso en el cual se puede completar con una relación particular que lo identifique (por ejemplo “Negro del Inca”, “Colorado del Potrero Escondido”, “Blanco del Tupungato”, etc.).

 

Aunque demanda cierta imaginación y esfuerzo, parece preferible dar nombre por el aspecto o situación de la montaña.

Se pueden usar nombres propios sólo de personas fallecidas que hayan dado servicios a la geografía y exploración.

 

No se debe dar nombre imprudentemente (satisfaciendo nuestro ego o protagonismo, ofendiendo el buen gusto, bautizando por familiares cercanos, nombres jocosos, de personas extranjeras, de benefactores económicos, de regiones foráneas, relacionados a la política o la religión, etc.) ni con nombres repetidos, sea por color (negro, blanco, amarillo) por forma (cuerno, chato) o por otras cuestiones.

Resulta curioso que el mismo nombre pretenda aplicarse a varias cimas cercanas. En la Cordillera Central, el apelativo "Navarro" ha sido concedido a por lo menos seis montañas (además de dos valles y un portezuelo). En la foto la cara noroeste del Cerro Gemelos, una de aquellas seis cimas llamadas alguna vez "Cerro Navarro". Argentina-Chile.

 

Es normal que una montaña sea denominada de varias formas, así por ejemplo en Nevado Santa Cruz, Pucaraju o Nevado de Huaylas en la cordillera Blanca de Perú. A veces esta situación desemboca en que no se tiene certeza sobre cuál de los nombres debe prevalecer, tal el caso de una de las 10 cimas más altas de América, el volcán Walter Penck, Cazadero, Nevado González o Tipas (departamento Tinogasta, Catamarca, Argentina).

Más curioso es que el mismo nombre se aplique a varias cimas, tal como ocurre con el cerro Navarro que podría estar situado en por lo menos en seis lugares diferentes de la Cordillera central.

 

Aunque el andinista diligente haya indagado sobre una cima virgen que está en sus planes de ascensión suele ocurrir que sólo tiempo después de haberla bautizado llegue a saber su antigua denominación. Esto no debe afectar, se aclarará la situación haciendo conocer el nombre original.

 

El tiempo de permanencia en una cima suele ser escaso y las condiciones meteorológicas apremiantes, en caso de cumbres sin nombre no conviene confiar en una inspiración repentina y tener pensada de antemano una denominación.

En el uso toponímico la “terminología” rural es generalmente más apta que la urbana.

Quienes redacten croquis, mapas y cartas agradecerán denominaciones cortas y contundentes.

 

FUENTES

Andes Handbook, Proyecto Nomenclatura. (http://www.andeshandbook.org/home/cartografia_)

Hernández José Emilio, Cómo bautizar un cerro, pico o montaña. Centro Cultural Argentino de Montaña (http://www.culturademontania.com.ar/Arqueologia/HIS_como_bautizar_cerro_pico_montana.htm) .

Llibourtry Louis, Nieves y Glaciares de Chile, 1956, pág. 255.

Echevarría Evelio, Los Andes y sus nombres: Cómo bautizar las montañas de Sud América.
Echevarría Evelio, Bautizo de Cumbres: Problemas y Soluciones. Revista Andina. González Jorge, Historia del Montañismo. Muratti Glauco, Los Hielos Olvidados.